GRUPOS DE TRABAJO SHAKESPEARE Y CERVANTES
0._ GRUPOS DE TRABAJO
2º A
claudia. Kevin
Guillermo Fátima
Alejandro. Gonzalo
Carmen. Miguel
Luna Raquel
--------------
Casandra. Sousa
Alicia. Jimena
Lucia. José Alberto
Andrea. Pablo Sanz
Jonathan Paula
-----------
2ºB
Sandra
Alba
Álvaro
Patricia
Marina
--------------
Oscar
Rita
Picón
Victor Plaza
Soriano
--------------
Silvia
Victor Cuadrado
Lara
Yamile
José ángel
----------
Elena
Sergio Matesanz
Victor Guerra
Ana
2º C
Nuria/ Marta/Nicolás/ Pozo/ Luis Miguel
Sandra/ Gabriel Mármol/ Gabriel Alexandrovich/ Alba/ Jorge /Juan
Bombin/ Tabares/ Hontiyuelo/ Simona/ Rosmeri/ Samuel
Castro/ Sofía/ Paco/ Rubio/ Marcos/Kiara
1.- PROYECTO
A._ ENTREGA DEL MATERIAL. ANEXO
B._GRUPOS REUNIDOS EN EL AULA
C._ ELABORACIÓN DE UN ESQUEMA
0. INTRO
1. EL CONTEXTO INTERNACIONAL. La posición de España en Europa. Reinado de Felipe II y Felipe III
2.- ESPAÑA E INGLATERRA
3.- SOCIEDAD DEL PRINCIPIOS DEL S.XVII
4.- EL VALLADOLID DEL S.XVII: LA CORTE EN 1601-1606
D._ ELABORACIÓN RESUMEN DEL MATERIAL
E._ CREACIÓN DE UN GUIÓN TEATRAL
2.- EXPOSICIÓN
A._ ENTREGA DEL MATERIAL
B. EXPOSICIÓN TEATRALIZADA AULA 11
C._ SELECCIÓN DE MEJORES OBRAS
2ºA relaciones Internacionales España e Inglaterra
2º B sociedad española del S.XVII
2º C La corte en Valladolid
Anexo I
MATERIAL APORTADO
EL REINADO DE FELIPE II
(Valladolid, 1527 - El Escorial, 1598) Rey de España (1556-1598). A excepción del Sacro Imperio Germánico, cuya corona cedió a Fernando I de Habsburgo, el rey y emperador Carlos V legó todas las posesiones europeas y americanas que constituían el Imperio español a su hijo Felipe II, que pasó a ser entonces (como ya lo había sido su progenitor) el monarca más poderoso de la época. Hombre austero, profundamente religioso y perfectamente preparado para las labores de gobierno, a las que consagró todas sus energías, «el Rey Prudente» asumió como deber insoslayable la defensa de la fe católica, y combatió tanto la propagación de la Reforma protestante en Europa como los avances del Imperio Otomano en el Mediterráneo.
De este modo, aun sin aquella aspiración a formar un Imperio cristiano universal que guió los pasos de su padre, Felipe II hizo de nuevo frente a los turcos, a los que derrotó en la batalla de Lepanto (1571), y extendió hasta dimensiones nunca vistas los dominios del Imperio español con la incorporación de Portugal y de sus colonias africanas y asiáticas. Pero los designios de consolidar la hegemonía en Europa toparon, como ya había ocurrido en el reinado de Carlos V, con la expansión del protestantismo y la oposición de las potencias rivales: las campañas militares para frenar las revueltas protestantes de los Países Bajos desangraron la hacienda española, y el intento de someter a Inglaterra se saldó con la derrota de la «Armada Invencible» (1588), fracaso en el que suele situarse el inicio de la posterior decadencia española.
Felipe II modernizó y reforzó la administración de la monarquía hispana, apartándola de las tradiciones medievales y de las aspiraciones de dominio universal que habían caracterizado el reinado de su padre. Los órganos de justicia y de gobierno sufrieron notables reformas, al tiempo que la corte se hacía sedentaria (capitalidad de Madrid, 1560). Desarrolló una burocracia centralizada y ejerció una supervisión directa y personal de los asuntos de Estado. Pero las cuestiones financieras le sobrepasaron, dado el peso de los gastos militares sobre la maltrecha Hacienda Real; en consecuencia, Felipe II hubo de declarar a la monarquía en bancarrota en tres ocasiones (1560, 1575 y 1596).
La política exterior
La división de la herencia de Carlos V facilitó la política internacional de Felipe II: al pasar el Sacro Imperio Germánico a manos de Fernando I de Habsburgo, España quedaba libre de las responsabilidades imperiales. En política exterior, Felipe II hubo de abandonar el proyecto de alianza con Inglaterra a causa de la temprana muerte de María Tudor (1558). Las victorias militares de San Quintín (1557) y Gravelinas (1558) pacificaron el recurrente conflicto con Francia (Paz de Cateâu Cambrésis, 1559); el pacto quedó reforzado con el matrimonio de Felipe II con la hija de Enrique II de Francia, Isabel de Valois. Los inicios de su reinado no podían ser más prometedores: Francia, que había sido la perpetua potencia rival de Carlos V, dejaba de ser el principal problema para España.
En consecuencia, Felipe II pudo orientar su política exterior hacia el Mediterráneo, encabezando la empresa de frenar el poderío islámico representado por el Imperio Otomano; esta empresa tenía tintes de cruzada religiosa, pero también una lectura en clave interna, pues Felipe II hubo de reprimir una rebelión de los moriscos de Granada (1568-1571), musulmanes de sus propios reinos que habían apelado al auxilio turco. Para conjurar el peligro, Felipe formó la Liga Santa, en la que se unieron a España Génova, Venecia y el Papado. La resonante victoria que esta alianza cristiana obtuvo sobre los turcos en la batalla naval de Lepanto (1571) quedó reafirmada en los años posteriores con las expediciones al norte de África.
La batalla de Lepanto
A finales de la década de 1570, distraída la atención de los turcos por la presión persa en el este, disminuyó la tensión en el Mediterráneo. Ello permitió a Felipe II reorientar su política hacia el Atlántico y atender a la grave situación creada por la sublevación de los Países Bajos contra el dominio español, alentada por los protestantes desde 1568; a pesar del ingente esfuerzo militar que dirigieron, sucesivamente, el duque de Alba, Luis de Requeséns, don Juan de Austria y Alejandro Farnesio, las provincias del norte de los Países Bajos se declararon independientes en 1581 y ya nunca serían recuperadas por España.
La orientación atlántica de la Monarquía dio como fruto la anexión del reino de Portugal a España en 1580. Aprovechando una crisis sucesoria, Felipe II hizo valer sus derechos al trono lusitano mediante la invasión del país, sobre el que reinó como Felipe I de Portugal, sometiéndolo a la gobernación de un virrey. Con la incorporación de Portugal y, en consecuencia, de sus numerosas posesiones en África y Asia, el Imperio español alcanzó su mayor expansión territorial: la península, los dominios europeos y mediterráneos y las colonias españolas y portuguesas en América, África, Asia y Oceanía componían aquel vasto imperio en el que nunca se ponía el sol.
Aprovechando las guerras de religión, el monarca español se permitió también intervenir entre 1584 y 1590 en la disputa sucesoria francesa, apoyando al bando católico frente a los protestantes de Enrique de Navarra (el futuro Enrique IV de Francia). Felipe II intentó sin éxito poner en el trono francés a su hija Isabel Clara Eugenia, nacida de su matrimonio con la hija de Enrique II de Francia, Isabel de Valois, pero consiguió que Enrique IV abjurase del protestantismo (1593), quedando Francia en la órbita católica. De ahí la famosa frase que pronunció Enrique IV " París bien vale una misa".
La mayor presencia española en el Atlántico acrecentó la tensión con Inglaterra, manifestada en el apoyo inglés a los rebeldes protestantes de los Países Bajos, el apoyo español a los católicos ingleses y las agresiones de los corsarios ingleses (con el célebre Francis Drake a la cabeza) contra el imperio colonial español. Todo ello condujo a Felipe II a planear una expedición de castigo contra Inglaterra, para lo cual preparó la «Grande y Felicísima Armada», que, a raíz de su fracaso, fue burlescamente rebautizada como la «Armada Invencible» por los británicos.
Compuesta por ciento treinta buques, ocho mil marineros, dos mil remeros y casi veinte mil soldados, la Armada zarpó del puerto de Lisboa en mayo de 1588 con destino a Flandes, donde las tropas habían de engrosarse aún más. En su primer encuentro con el enemigo en el mes siguiente se demostró fehacientemente la superioridad técnica de los ingleses, cuya artillería aventajaba de manera notoria a la española. Tras algunas desastrosas batallas en el mar del Norte, la Armada regresó, pero en el camino de vuelta halló fuertes galernas que provocaron numerosos naufragios y terminaron de malbaratar la expedición. Es fama que, enterado de este descalabro, compungido y contrariado, Felipe II exclamó: «No envié mis naves a luchar contra los elementos».
Con la derrota de la Invencible se iniciaba la decadencia del poderío español en Europa. Tal declive coincidió con la vejez y enfermedad de Felipe II, cada vez más retirado en el palacio-monasterio de El Escorial, construido bajo su impulso entre 1563 y 1584. Al morir le sucedió Felipe III, hijo de su cuarto matrimonio (con Ana de Austria). El primer heredero varón que tuvo (el incapaz príncipe Carlos, hijo de su primer matrimonio con María Manuela de Portugal) había muerto muy joven encerrado en el Alcázar de Madrid y, según la «leyenda negra» que alentaban los enemigos de Felipe II, por instigación de su padre.
EL REINADO DE FELIPE III
Rey de España, nacido en el Alcázar de Madrid el 14 de abril de 1578 y muerto en esa misma ciudad el 31 de marzo de 1621. Hijo de Felipe II y de su cuarta esposa, Ana de Austria, reinó desde 1598 hasta su muerte, mas no gobernó, ya que durante todo su reinado el gobierno estuvo en manos de sus validos, el duque de Lerma y el duque de Uceda. Con Felipe III se inauguró, pues, el régimen del valimiento típico de la monarquía española del siglo XVII.
Cuando nació en 1578, la Corona contaba ya con dos posibles herederos: los infantes don Fernando y don Diego. Pero el primero murió en octubre de ese mismo año y el segundo en 1582, como consecuencia de una epidemia que estuvo a punto de costarle la vida también a Felipe. Éste, tan enfermizo como sus hermanos, se convirtió en heredero del trono a los cuatro años de edad. Dos años antes había muerto su madre, la reina Ana. El rey, que no volvió a casarse, quiso dar a su hijo una educación estricta, guiada por una rígida disciplina en la que todo, hasta sus diversiones, dependía del arbitrio real. Felipe II rodeó al príncipe de preceptores y ayos ancianos, privándolo de la compañía de niños de su edad y de personas ajenas al más selecto círculo cortesano. No obstante, el rey eligió para su hijo excelentes maestros.
Pero, pese a su debilidad de carácter, Felipe no carecía de inteligencia. Fue más bien la educación timorata y opresiva que le impuso su padre lo que truncó sus cualidades naturales, convirtiéndolo en un joven apocado, falto de iniciativa y curiosidad. Felipe II se dio cuenta demasiado tarde del error que había cometido con la educación de su hijo y, en 1596, sólo dos años antes de su muerte, encargó a García de Loaysa un informe sobre este punto. Dicho informe presenta al príncipe como un joven inteligente y dócil, aunque también perezoso, abúlico y falto de experiencia vital. Al igual que Loaysa, otros colaboradores del rey (Moura, Velada,Idiáquez), aconsejaron una mayor flexibilidad en la educación del príncipe, su implicación en la vida cortesana y, sobre todo, en la tramitación de los asuntos políticos. Poco después, Felipe II introdujo a su hijo en las reuniones de la Junta de la Noche, en las que participó con notorio desinterés, y le permitió que lo reemplazara en algunas ceremonias y que, desde 1596, firmara en su nombre los despachos de gobierno. Los cronistas atribuyen a Felipe II dos comentarios que muestran su lucidez respecto a las capacidades de su heredero: "Dios, que me ha dado tantos estados, me ha negado un hijo capaz de gobernarlos" y "Me temo que le han de gobernar".
El reinado de Felipe III
En 1598 Felipe se casó con su prima Margarita de Austria, hija del archiduque Carlos de Estiria. Margarita, que en ese momento tenía catorce años, era una joven enérgica que ejerció una influencia notable sobre su esposo hasta su temprana muerte por sobreparto en 1611. Durante esos pocos años, tuvo ocho hijos: Ana(casada luego con Luis XIII de Francia), Felipe (futuro Felipe IV), María, Carlos, Fernando, Margarita, Francisca y Alfonso. Tras la muerte de la reina, Lerma aconsejó al rey que no volviera a casarse, argumentando que tenía ya la descendencia asegurada, y Felipe le hizo caso. A pesar de que contaba apenas treinta y tres años, no se le conocieron otros asuntos amorosos ni hijos ilegítimos.
Los primeros años del reinado. La privanza de Lerma
El príncipe tenía veinte años cuando murió su padre el 13 de septiembre de 1598. Su advenimiento fue recibido con cierto alivio, pues en los años finales de Felipe se había instalado un ambiente de cansancio ejemplificado en el dicho que, según el diplomático Gaspar Silingardi, circulaba por la corte: "Si el rey no muere, el reino muere". Felipe III recibió como parte de su herencia a algunos de los principales colaboradores de su padre, como Rodrigo Vázquez, Pedro Portocarrero, el ya mencionado García de Loaysa (a quien poco después nombró arzobispo de Toledo), Cristóbal de Moura, Juan de Idiáquez o el marqués de Velada. Todos ellos estaban respaldados por una sólida formación política con la que Felipe II pensó que podría contrarrestarse la inexperiencia de su hijo. Pero éste pronto se mostró decidido a prescindir de la "vieja guardia" de Felipe II en favor del marqués de Denia, al que poco después de subir al trono nombró duque de Lerma. En sus manos iría dejando progresivamente el nuevo rey todos los asuntos del Estado. La consolidación de Lerma al frente del gobierno pasó por la desmantelación de la Junta de la Noche y el alejamiento de los colaboradores del rey que mostraban una mayor independencia de criterio, como Loaysa, Moura o Portocarrero. Sólo permanecieron en el gobierno el marqués de Velada, que mostró pronto su lealtad al favorito, y el viejo Idiáquez, inofensivo para Lerma. De esta forma se inauguró el régimen del valimiento, que habría de dominar la vida política de la monarquía hispánica durante todo el siglo XVII.
No obstante, durante los primeros años de su reinado, Felipe causó una impresión favorable, pues se mostró hasta cierto punto emprendedor, accesible y dispuesto a acelerar la tramitación de los asuntos de Estado. Pero muy pronto Lerma monopolizó los enlaces entre los Consejos, lo que le permitió controlar todas las tareas del gobierno. Todas las fuentes coinciden en señalar el control casi absoluto que el duque ejercía sobre el monarca. Por otra parte, la desconfianza propia del carácter del valido le llevaba a intentar resolver personalmente todos los asuntos, de ahí que su gobierno se tradujera en un nuevo atasco de la maquinaria administrativa. Además, Lerma era un hombre extremadamente fiel a sus favoritos -lo que se tradujo en un aumento del nepotismo- y avaricioso, como demostró el extraordinario crecimiento de su fortuna durante sus años de gobierno.
En 1601 la corte de trasladó a Valladolid de manera inesperada, lo que provocó fuertes protestas populares en Madrid, capital del reino desde 1561. En esta sorprendente decisión influyeron tres factores: primero, Lerma quería apartar al rey de la influencia de su abuela, la emperatriz María, que vivía en el Convento de las Descalzas Reales y se oponía sin ambages a la privanza; segundo, el valido (que poseía grandes dominios señoriales en Valladolid) necesitaba, para afianzar su poder, llevar la corte a un lugar donde no existieran los intereses creados que dominaban en Madrid; y, tercero, la propia afición de Felipe III a las mudanzas ("No para", comentaba el nuncio Caetani). De ellos, sin duda el factor decisivo fue el primero, como demuestra el hecho de que empezara a hablarse de retornar a Madrid en cuanto murió la emperatriz, en 1603. Pero la corte permaneció aún cuatro años en Valladolid, donde desplegó todo el lujo del barroco, al que eran muy aficionados tanto el rey como su valido.
En 1607, fecha del regreso de la corte a Madrid, se produjo la primera crisis política de gravedad del reinado, motivada, en gran medida, por el enfrentamiento entre la reina Margarita y Lerma. Éste hizo cuanto pudo por neutralizar la influencia de la reina: primero despidió a su séquito de servidores alemanes y, luego, consiguió impedir que le fueran presentados peticiones y memoriales. Pero Margarita, apoyada por el confesor real fray Diego de Mardones, mostró una férrea oposición al duque. A fines de 1606, la reina inició una campaña contra Lerma, denunciando sus abusos de poder y las irregularidades de su gestión. El clima era propicio a la caída del valido, pues en 1607 se produjo una grave crisis monetaria, causada por la disminución temporal de las reservas de plata americanas, la malversación administrativa y los inmensos gastos suntuarios de la corte. La venalidad de los oficios públicos se había convertido para entonces en moneda corriente, la maquinaria del Estado estaba esclerotizada y los asuntos públicos se descuidaban o se resolvían con extrema lentitud. En todas partes se culpaba de los males del país a Lerma y a sus favoritos, que se estaban enriqueciendo de manera desproporcionada. Pero la ofensiva de la reina y su confesor no consiguió otra cosa que la caída de algunos de los "validos del valido", como Pedro Franqueza, quien se encargaba de transmitir a Lerma las consultas de los Consejos. No cayó, en cambio,Rodrigo Calderón, el favorito de Lerma, personaje muy odiado que desempeñaba un papel importante en el irregular sistema de gobierno establecido por el valido. En los años siguientes, la reina y su nuevo confesor, fray Luis de Aliaga, intentarían de nuevo derribar a Calderón, al que Lerma salvó una y otra vez de la defenestración.
La muerte de la reina en 1611 permitió a Lerma alcanzar la cumbre de su poder. Al año siguiente, Felipe III fortaleció su posición mediante un cédula de vital importancia en la cual ordenaba a los presidentes de los Consejos que despacharan directamente con el duque, al que permitió incluso firmar en su nombre. Desde entonces, siempre que el valido se dirigía al Consejo de Estado lo hacía en nombre del rey, lo cual no era sino una ficción aceptada por todos, pues, en realidad, Felipe III se desvinculó casi por entero de los asuntos de gobierno, prefiriendo dedicarse a sus aficiones favoritas: la caza, los caballos y el teatro. La actuación de Lerma era omnicomprensiva, pues, no estando apoyada en ningún cargo oficial, sino en la sola voluntad del rey, no estaba sometida a ningún control institucional. La cédula de 1612 fue, pues, el acta de fundación oficial del régimen de valimiento.
Política exterior
A menudo suele tildarse de "pacifista" al reinado de Felipe III, debido al hecho de que, durante los diez primeros años del mismo, la monarquía hispánica canceló temporalmente sus guerras con Inglaterra y los Países Bajos. Pero ese "pacifismo" (que se inscribe dentro de la llamada "generación pacifista del barroco"), es en buena medida una ficción historiográfica, puesto que fueron los acuciantes problemas internos que tuvieron que afrontar los gobernantes de la época, y no su deseo de mantener la paz a ultranza, lo que provocó la cesura temporal de los conflictos bélicos. En el caso de Felipe III y Lerma, es más apropiado hablar de conservadurismo a la hora de caracterizar su política exterior. Tanto el rey como su valido asumieron las líneas básicas heredadas del reinado de Felipe II, pese a que el contexto político y económico de principios del siglo XVII era muy distinto. En 1597, el comercio de Indias, principal soporte de la economía hispana, se vio aquejado por una serie de fluctuaciones que fueron la primera señal de la regresión que sufriría después. Las dificultades financieras de la monarquía forzaron a Felipe III a suspender la política exterior de carácter ofensivo que había dominado en los reinados anteriores. En lugar de subir los impuestos (lo que habría aumentado el descontento social), el rey y su valido prefirieron reducir los gastos militares para paliar en lo posible la crisis económica. De ahí el famoso "pacifismo".
Durante los primeros años del reinado, las relaciones con Francia fueron tensas, debido a que el rey francés, Enrique IV, desarrolló una política antiespañola en Italia y los Países Bajos, evitando, sin embargo, el estallido de un enfrentamiento bélico. Su muerte en 1610 dio un vuelco a la situación, pues la regente, María de Médicis, se esforzó por mejorar las relaciones con España. La distensión quedó sellada en 1611 mediante la firma de un doble compromiso matrimonial: por una parte, el de Isabel de Borbón (hija de Enrique IV) con el infante Felipe (futuro Felipe IV); y, por otra, el de Luis XIII de Francia con la infanta Ana de Austria.
Las relaciones con Inglaterra también fueron de hostilidad hasta que se produjo el cambio generacional: en 1604, tras la muerte de Isabel I de Inglaterra y la subida al trono de Jacobo I, se firmó la Paz de Londres, que se mantendría en vigor durante todo el reinado de Felipe III.
En Italia, el gobierno español se vio obligado a intervenir continuamente como árbitro en las querellas sucesorias, a fin de mantener en el poder a príncipes favorables a España. El principal problema fueron la ambiciones del duque Carlos Manuel de Saboya, que aspiraba a apoderarse del ducado de Montferrato. El gobierno español lo impidió (1615) y el duque se declaró en rebeldía y, proclamándose "libertador de Italia", intentó organizar una rebelión contra la presencia española en Italia. Las fuerzas españolas del Milanesado invadieron el Piamonte y obligaron al duque a retractarse, pero la paz firmada en Pavía en 1617 no se tradujo en ninguna ventaja territorial o política, sino en el mero restablecimiento del statu quo anterior a la guerra.
Mientras tanto, en los Países Bajos proseguía la guerra. Los rebeldes holandeses lograron algunos éxitos importantes en 1600-01. Felipe III y Lerma decidieron continuar la lucha en defensa de los derechos del archiduque Alberto e Isabel Clara Eugenia, a los que Felipe II había cedido los Países Bajos antes de morir. La recuperación del comercio de Indias que se produjo en 1602-03 permitió poner en marcha una gran ofensiva militar. El general Ambrosio Spínola, que en 1604 logró conquistar Ostende, recibió el mando de las operaciones. Pero éstas concluyeron bruscamente en 1606, debido a un motín de las tropas causado por el retraso de las pagas. Este parón dio al traste con todos los esfuerzos de los años anteriores y obligó al gobierno de Madrid a ordenar una retirada parcial de Flandes. Poco después se entablaron conversaciones oficiosas de paz, pero fue imposible llegar a un acuerdo definitivo por la inflexibilidad que mostraron ambos bandos. Finalmente, en abril de 1609 se firmó la Tregua de los Doce Años, en la que, por primera vez, la monarquía española reconoció el estatuto de beligerancia de las Provincias Unidas de Holanda. Ello fue fruto del convencimiento de Lerma y del propio Felipe III de que el Imperio español podía mantener su estabilidad tal y como estaba y que bastarían acciones defensivas y alguna que otra demostración ocasional de fuerza para conservar su hegemonía.
La paz reinó hasta el gran estallido de la Guerra de los Treinta Años, en 1618. Las buenas relaciones con Inglaterra y Francia, los problemas internos del Imperio Germánico y la decadencia del Imperio Otomano permitieron el mantenimiento sin esfuerzos de la hegemonía española sobre Europa, y el duque de Lerma se guardó muy bien de alterar esta situación. Pero no supo aprovechar las oportunidades que ofrecía la paz para mejorar la situación interior del país. Así, cuando las guerras se reanudaron en 1618, la monarquía española estaba exangüe y carecía de la capacidad de iniciativa y de los recursos necesarios para mantener su hegemonía europea.
Política interior
El contexto internacional de paz permitió al gobierno español concentrarse en el problema de los moriscos, cuya expulsión se considera el hecho central de la política interior del reinado. Después del fracaso de soluciones menos traumáticas, en julio de 1609 Felipe III firmó la orden de expulsión de la población morisca. En tan drástica medida tuvieron un peso decisivo algunos personajes de la corte (la reina Margarita, el propio Lerma), pero, ante todo, los criterios de seguridad del Consejo de Estado, marcados por las necesidades de la política exterior. La raíz del problema era la resistencia a la asimilación de los moriscos. El Consejo temía que éstos pudieran actuar como "quinta columna" de Francia, de los musulmanes de África del Norte, o de los turcos. El proceso de deportación comenzó en otoño de ese año en el reino de Valencia y continuó en los años siguientes en toda la Península. La medida tuvo graves consecuencias demográficas y económicas, pues España perdió unos 300.000 habitantes (Domínguez Ortiz), que, en su mayoría, eran buenos campesinos y artesanos. Pero, en principio, la expulsión produjo un ambiente de euforia oficial y popular que impidió que se analizaran con lucidez sus consecuencias hasta la década de 1620.
La decisión de expulsar a los moriscos, tomada sin consultar a los reinos orientales, agravó el clima de descontento que se respiraba en éstos. La situación era especialmente preocupante en Cataluña, donde se vivía una grave crisis económica. A partir de 1615, el gobierno decidió cambiar la política de contención que había mantenido hasta entonces.
Por lo que se refiere a Portugal, el gobierno de Felipe III conculcó a menudo la personalidad jurídica e institucional del reino. Las medidas tomadas por Lerma, siempre supeditadas a los intereses castellanos, fueron muy impopulares y provocaron un creciente descontento hacia la monarquía de Madrid.
El final del reinado
Los años finales del reinado estuvieron marcados, en el interior, por las intrigas políticas. La posición política de Lerma se debilitó a partir de 1615, debido al descontento que provocaba su autoritarismo.
La política de estos años estuvo marcada por la implicación española en la Guerra de los Treinta Años en favor del emperador Fernando II, que produjo la intervención de los tercios en Suiza, el Palatinado y Bohemia, y por el aumento del descontento social de los llamados "reinos periféricos" (Portugal, Cataluña, Valencia).
La enfermedad mermó rápidamente las fuerzas del rey y le produjo una grave depresión nerviosa. Después de una corta mejoría, Felipe III murió en Madrid el 31 de marzo de 1621, a los cuarenta y tres años de edad. Los historiadores suelen considerar su reinado como un periodo de transición, pues, por una parte, supuso la cancelación de la etapa hegemónica de los Austrias Mayores (Carlos I, Felipe II), y, por otra, el preludio de la crisis que se produciría durante el reinado de su hijo y sucesor, Felipe IV
RELACIONES INTERNACIONALES ESPAÑA-INGLATERRA (1570-1610)
REYES ESPAÑA
REYES INGLATERRA
FELIPE II
ISABEL I
FELIPE III
JACOBO I
EL CONFLICTO
Las causas
Los motivos que llevaron a Felipe II a la guerra fueron económicos, políticos y religiosos:
Políticamente, el creciente poder de la Monarquía hispánica (que en 1580 había anexado los dominios portugueses, estaba en constante expansión en América, y contaba con el apoyo de los Habsburgo en Alemania y de los príncipes italianos) era considerado por Inglaterra una amenaza para su seguridad. Inglaterra prestaba su apoyo a los principales enemigos de España:
En los Países Bajos se libraba la guerra de los Ochenta Años, en la que las Provincias Unidas luchaban para conseguir su independencia de la corona española. Aunque desde el comienzo de la guerra hubo presencia militar inglesa junto a las tropas holandesas, en 1585 este apoyo se oficializó con la firma deltratado de Nonsuch, mediante el cual se pactaba una alianza militar anglo-holandesa contra España.
En Portugal, que había sido anexionado a la corona española en 1580, el pretendiente al trono portugués, Don Antonio, contaba con el favor de Inglaterra.
En el aspecto religioso las desavenencias entre ambos países venían de los tiempos de Enrique VIII de Inglaterra. El protestantismo inglés se enfrentaba al catolicismo español; Isabel I de Inglaterra había sido excomulgada por el papa Pío V en 1570, y Felipe II de España había firmado en 1584 el tratado de Joinvillecon la Santa Liga de París, a fin de combatir el protestantismo.
En el aspecto económico, las constantes expediciones de los corsarios ingleses contra los territorios españoles en las Indias y contra la flota del tesoro, que cargada de riquezas alimentaba las finanzas de la metrópoli, suponían para España una amenaza a sus intereses económicos. El pirata sir John Hawkins inició la participación inglesa en el tráfico de esclavos en 1562, ganando enseguida el apoyo real británico. Los ataques de los piratas, como la Batalla de San Juan de Ulúa nunca fueron grandes victorias, pero sí suponían una molestia para Felipe II. España consideraba el tráfico no regulado legalmente con las Indias Occidentales como contrabando ilegal. En la década entre 1560 y 1570 fueron atacadas varias plazas y hundidos o capturados algunos barcos españoles en las Indias.1
Inicios
La guerra comenzó en 1585. En octubre de ese año Drake navegó por la costa oeste ibérica, saqueando Vigo y Santiago de Cabo Verde, además de intentar hacer lo mismo en La Palma, donde el asalto no tuvo éxito; cruzó a las Indias Occidentales capturando Santo Domingo y Cartagena de Indias, por cuya devolución exigió a las autoridades españolas el pago de un rescate, y San Agustín (en la Florida). Irritado por estos ataques, Felipe II mandó armar una gran flota con la misión de invadir Inglaterra.
La ejecución de María I de Escocia en febrero de 1587 ultrajó a los católicos de la Europa continental. Su reivindicación al trono fue heredada por Felipe, que era viudo de María I de Inglaterra. En julio del mismo año, Felipe recibe autorización delPapa Sixto V para deponer a Isabel, que ya en 1570 había sido excomulgada por Pío V.
Expedición de Drake a la península ibérica (1587)
En abril de 1587 Drake llevó a cabo una exitosa expedición militar en las costas de la península ibérica: atacó la flota amarrada en la bahía de Cádiz, desembarcó en el Algarve destruyendo varias fortalezas, atacó la flota de Álvaro de Bazán amarrada en Lisboa, y poniendo rumbo a las islas Azores capturó la carracaportuguesa San Felipe, que procedente de las Indias Orientales llegaba a la península cargada de riquezas. En el transcurso de la expedición la flota inglesa consiguió destruir más de 100 barcos españoles, retrasando los planes españoles de invasión más de un año.
La Armada Invencible (1588)
En agosto de 1588 los planes españoles de invasión de Inglaterra se hicieron efectivos: la Armada Invencible española, dirigida por el duque de Medina-Sidonia atacó a la flota inglesa liderada por Charles Howard en el canal de la Mancha. Las condiciones climatológicas adversas y los enfrentamientos con la flota inglesa provocaron la pérdida de 37 naves españolas de un total de 129 navíos de distintos tipos.
El fracaso de la Armada Invencible permitió a Inglaterra continuar sus ataques piratas a los territorios españoles, a la vez que continuar la ayuda a Holanda y Francia.
La Invencible Inglesa (1589)
En 1589 las fuerzas inglesas bajo el mando de Francis Drake y John Norreys atacaron La Coruña, de donde fueron rechazadas, y siguieron hacia Lisboa, donde fracasaron en su intento de provocar un levantamiento portugués a favor deDon Antonio.
El fracaso de la Contraarmada inglesa, que desplegó más de 150 naves de distintos tipos y perdió más de 40 navíos entre hundimientos y capturas durante el desarrollo de sus operaciones, causó grandes pérdidas financieras en el tesoro isabelino, y permitió a Felipe reconstruir la flota española del Atlántico, que volvió rápidamente a tener supremacía.
Hechos siguientes
Un sistema sofisticado de escolta y de inteligencia frustraron la mayoría de los ataques corsarios a la Flota de Indias a partir de la década de 1590: las expediciones bucaneras de Martin Frobisher y John Hawkins en el comienzo de dicha década fueron derrotadas. Asimismo, el navío Revenge (Venganza) uno de los más importantes de su marina fue apresado cerca de las Azores en 1591, cuando una flota inglesa pretendía capturar la Flota de Indias.
En 1592 el marino Pedro de Zubiaur dispersaba un convoy inglés de 40 buques incendiando la nave capitana y capturando otros tres barcos; al año siguiente en la batalla de Blaye derrotaba a una pequeña flota de seis buques ingleses (hundiendo sus dos unidades principales) y escapaba de una flota aún mayor enviada para capturarle.
Expedición de Drake y Hawkins de 1595–1596
Entre 1595 y 1596, una expedición inglesa contra los asentamientos españoles en el Caribe, comandada por Drake y Hawkins, fue derrotada primero en Las Palmas de Gran Canaria y luego en sucesivos enfrentamientos frente a fuerzas españolas muy inferiores en número en diferentes localizaciones caribeñas. Las defensas españolas se adelantaron a los atacantes, sufriendo los ingleses grandes pérdidas, incluyendo la muerte de ambos marinos.
Últimos episodios de la guerra
En 1595, cuatro barcos españoles comandados por Carlos de Amésquita desembarcaron en Cornualles, al oeste de Inglaterra. También huyeron sin problemas de una flota enviada para destruirlos.
En julio de 1596, una expedición anglo-holandesa dirigida por el Robert Devereux, II conde de Essex saqueó Cádiz, destruyendo la flota española fondeada en la bahía; en octubre de ese mismo año la flota española bajo el mando de Martín de Padilla se desbarató por una tormenta frente a las costas de Galicia cuando se dirigía a Irlanda. Esta armada fue reorganizada y los ingleses no pudieron atacarla por otra tormenta en las costas gallegas; la flota inglesa se dirigió a las Azoresdonde no consiguió imponerse a la flota española de regreso de las Indias. Una nueva expedición española contra Inglaterra en 1597 fue desbaratada por un temporal en el canal de la Mancha.
Tras la muerte de Felipe II en 1598, su sucesor Felipe III de España proseguiría la guerra contra Inglaterra. En mayo de 1600 se iniciaron conversaciones de paz en Boulogne-sur-Mer, que resultaron fallidas.2
En octubre de 1601 Juan del Águila desembarcó al frente de sus tercios en Kinsale, en la costa sur de Irlanda, para apoyar a las fuerzas irlandesas que en aquella época sostenían contra Inglaterra la guerra de los Nueve Años. Las tropas españolas serían derrotadas a comienzos de 1602 en la batalla de Kinsale, con la coalición perdiendo 1200 hombres, entre ellos 90 españoles, forzando así su regreso a España y dejando como prioritaria la consecución de sus objetivos en Flandes. En febrero de 1603 ocurrió la Batalla de Puerto Caballos (1603).
Tras la muerte de Isabel I en 1603, su sucesor Jacobo I de Inglaterra firmó en 1604 el tratado de Londres con Felipe III, mediante el cual ambos países acordaban el fin de la guerra.
El resultado para España fue mucho más positivo. Fue la principal potencia europea en el siglo XVII, hasta que las derrotas contra Francia en la guerra de los Treinta Años y el ascenso del poderío naval holandés acabaron reduciéndola a una potencia más.
LA SOCIEDAD EN LA ESPAÑA DEL S.XVII
El siglo XVII, al contrario que el siglo XVI, es un siglo de crisis y problemas sociales, de retraso económico y problemas en todos los sectores de la economía como agricultura, industria y comercio. Además, la península sufrió un fuerte descenso de población.
En primer lugar, debemos hablar de la agricultura, donde se produce una decadencia y un reajuste de las estructuras. Desciende la producción, debido sobretodo a las malas cosechas, además de la falta de mano de obra, causado por la expulsión de los moriscos en 1609, lo que creó una fuerte crisis de fuerza de trabajo. En esta época también se introducen nuevos cultivos como el maíz y la patata, se generaliza la asociación de cultivos y de la ganadería con la agricultura, lo que a la larga supone el fin de la mesta, ya que el ganado se hace sedentario y la producción ganadera es más intensiva. Debido a la crisis del campo y a los altos impuestos para intentar solventar la crisis de la Hacienda, los campesinos huyen a las ciudades en busca de una vida mejor, con lo que el problema de la mano de obra aumenta.
El siglo XVII fue un siglo de decadencia para la manufactura española obsoleta. La industria textil sufrió importantes pérdidas causadas por el descenso de la demanda, la descapitalización provocada por la presión fiscal y la rigidez de los gremios, incapaces de adaptarse a las innovaciones. Los gremios, se hacen insoportables y antieconómicos con lo que la industria se ruraliza aún más. Además, la pérdida de guerras en Europa supuso el debilitamiento del proteccionismo, con lo que se incrementaron las importaciones de productos de todo tipo, que compiten con ventaja con los nacionales gracias a su mejor precio y calidad.
Las dificultades económicas afectaron igualmente al comercio interior, ya muy lastrado por las malas condiciones de los transportes y las barreras aduaneras. Se intentaron mejorar las redes de transporte, como el proyecto de hacer navegable el Tajo desde Madrid hasta Lisboa. Peor iba el comercio exterior, fundamentalmente americano, que sufrió los efectos de los bloqueos marítimos, la emergencia de las economías criollas, el aumento de los costos de los fletes y la competencia de holandeses, franceses e ingleses. Además nuestra flota era mala y poco potente debido a la pérdida de nuestros grandes barcos en las guerras europeas lo que imposibilitó la defensa de las mercancías que iban y venían de América, con lo que éramos victimas fáciles para la piratería, a veces fomentada por nuestros enemigos europeos.
Debido a todas estas causas, el poder económico se desplazo hacia la periferia de la península, con mejores vías de transporte debido al mar, la riqueza se concentró en manos de los alta nobleza, debido entre otras cosas a su exención de impuestos, lo que hacia que los ingresos al estado fueran menores. Se incrementaron los señoríos en contra de los campesinos.
El Estado ingreso menos dinero, pero seguía gastando lo mismo e incluso más, con lo que los gobernantes acudían cada vez más a los banqueros tanto europeos como españoles, endeudando cuantiosamente el Estado. Además, la Corte, con el rey a la cabeza, disfrutó de un lujo esplendoroso, lo que hizo que los gastos se dispararan aún más.
Para intentar solventar la chapuza realizada por sus antecesores, los gobernantes tomaron algunas medidas económicas que en vez de mejorar, hicieron que España fuera a peor, como la subida de los impuestos tradicionales. Todos los gobernantes del siglo intentaron fomentar la industria para reactivar la economía, pero en su mayoría fracasaron.
Durante el siglo XVII, el centro peninsular sufrió un bajón de población cercano al millón de habitantes, mientras que la periferia se mantuvo. Algunas de las causas fueron, por ejemplo, las epidemias y hambrunas causadas por las malas condiciones de vida tanto de las ciudades como en el mundo rural, las guerras constantes, que suponían la muerte de nuestros jóvenes, con lo que tanto la natalidad o la mano de obra bajaron, y la expulsión de los moriscos.
La sociedad de la época, seguía siendo estamental. En este siglo, como en el anterior, las diferencias económicas entre las clases altas y los campesinos aumentaron. La mayoría de la población pertenecía a las clases más modestas, afectados por los factores demográficos, económicos y fiscales.
La aristocracia era una minoría con una inmensa riqueza, los Grandes de España representaban la categoría de verdaderos potentados. El clero tenía mucha propiedad territorial y acaparaba los mejores cargos y prebendas. Había una nobleza administrativa que se subordinaba a la realeza para obtener cargos. Los intelectuales ostentaron el título de caballeros. Estos estamentos siguieron con la exención de impuestos y con todos sus privilegios.
En el clero, hay que destacar tres niveles: el primero formado por las altas jerarquías que eran acaparadas por los grandes linajes, el segundo el bajo clero que vivía modestamente y por último las órdenes religiosas que contribuían al sustento de los más pobres y a la que muchos ciudadanos se inscribieron para tener para comer.
También se puede citar un proceso de desaparición de las clases medias, ya que la burguesía comercial pasa normalmente a ser nobleza inferior.
Las clases humildes afectados por la crisis experimentaron un empeoramiento en sus condiciones de vida. También debemos destacar dos niveles, los pequeños propietarios y los trabajadores sin propiedad. Como ya hemos citado antes, la miseria en el campo, obligaron a muchos miembros de las clases bajas a emigrar a América o ingresar en órdenes religiosas.
Debemos destacar también la xenofobia que acusaba la sociedad, viendo por ejemplo a los gitanos como vagabundos y vagos, con el único oficio que delinquir o los moriscos, que fueron expulsados de España por la misma causa.
Un punto muy importante de la sociedad de la época y que cabe destacar, es su catolicismo global y la persecución de otras religiones que no fueran el cristianismo romano, el único verdadero, según ellos.
La Inquisición
Es una institución judicial creada por el pontificado en la Edad Media, con la misión de localizar, procesar y sentenciar a las personas culpables de herejía (ideas religiosas diversas de las del dogma oficial de la Iglesia, en este caso, Católica)
El Papa Sixto IV expidió una bula en 1478 que autorizando a los Reyes Católicos nombrar inquisidores y renovarlos a perpetuidad. El objetivo era combatir las prácticas judaizantes de los judeoconversos españoles. La Inquisición Española tenía importantes diferencias respecto a la Inquisición Pontificia. En España, los inquisidores los nombraba la Corona y sus decisiones no se podían apelar a Roma.
La expulsión de los judíos de España en 1492 fue el mayor ejemplo de la brutal política antisemita emprendida por la Inquisición española. Se calcula que 40.000 judíos abandonaron la península. Una cantidad similar optó por quedarse en España y convertirse. Estos engrosaron el grupo de conversos que fueron el objetivo predilecto de la Inquisición.
La represión inquisitorial también se cebó con los pocos protestantes de los reinos hispánicos. Los principales procesos contra grupos luteranos propiamente dichos tuvieron lugar entre 1558 y 1562, a comienzos del reinado de Felipe II, contra dos comunidades protestantes de las ciudades de Valladolid y Sevilla. Estos procesos significaron una notable intensificación de las actividades inquisitoriales. Se celebraron varios autos de fe multitudinarios, algunos de ellos presididos por miembros de la realeza, en los que fueron ejecutadas alrededor de un centenar de personas.
Los procedimientos de investigación de la Inquisición fueron brutales y la convirtieron en una institución muy temida. El uso de la tortura fue común, obteniendo de esa forma todo tipo de confesiones de los acusados.
Cuando había una cierta cantidad de condenados por la Inquisición, se celebraban los llamados "Autos de Fe". Eran ceremonias que duraban un día entero, desde la mañana hasta la noche, con gran pompa y boato. Comenzaban con una procesión de las autoridades civiles y eclesiásticas y finalmente los condenados, vestidos con ropas infamantes llamadas sambenitos. Se leían las condenas, y aquellos destinados a la pena de muerte, eran remitidos al poder civil, quien se encargaba de la ejecución en la hoguera en presencia de todo el pueblo.
AUTOS DE FE EN VALLADOLID
Entre los años 1559 y 1562 tuvieron lugar en Valladolid y en Sevilla varios autos de fe contra personas acusadas de simpatizar con las ideas protestantes. Cientos de ellos acabaron en la hoguera, aunque algunos lograron huir
El día 1 de septiembre de 1558, el inquisidor general don Fernando de Valdés escribió una carta al papa Pablo IV en la que le informaba detalladamente sobre la situación religiosa de España. En esos años, la Reforma protestante, iniciada por Lutero en 1517, había triunfado en muchas partes de la Cristiandad, desde Alemania y Suiza hasta Gran Bretaña y los países escandinavos; incluso en naciones como Italia y Francia los«herejes» luteranos y calvinistas parecían ganar terreno. El inquisidor Valdés, en cambio, aseguraba al papa que España era «la provincia de la Cristiandad que más libre había estado de aquella mácula», y ello gracias –decía con jactancia– a su personal intervención y a la de los ministros del Santo Oficio.
Sin embargo, no era una casualidad que, en la fecha de la carta, Valdés estuviera en Valladolid y que gran parte de su relación la dedicara a Sevilla. En ambas ciudades –corte política y capital económica de Castilla respectivamente– habían aflorado en los meses anteriores peligrosos focos de «herejía» luterana. Y en ambas ciudades se celebrarían, entre los años 1559 y 1562, seis autos de fe en los que fueron quemados y condenados a diversas penas más de dos centenares de personas de todas las clases sociales, hombres, mujeres, clérigos y laicos.
En su carta al papa, Valdés atribuía la mayor parte del daño espiritual causado en Sevilla por el desarrollo del luteranismo a dos personajes que ocuparon sucesivamente el cargo de canónigo magistral de la catedral de Sevilla: los doctores Egidio y Constantino, sobre todo al primero.
Los primeros sospechosos
Juan Gil, conocido como doctor Egidio, era un simpatizante de la doctrina reformadora de Erasmo de Rotterdam, el humanista holandés que satirizó los abusos de la Iglesia y propugnó una religión personal más auténtica. En la década de 1540, Egidio alcanzó un gran prestigio como predicador y una enorme influencia en el seno del cabildo catedralicio y en los círculos más cultos de Sevilla; en 1549 fue incluso propuesto por Carlos V para ocupar el obispado de Tortosa. Pero su nombramiento se truncó por las acusaciones que justo entonces afloraron a propósito de sus predicaciones, en las que algunos veían elementos de la doctrina de Lutero.
La Inquisición de Sevilla inició un proceso y Egidio fue encarcelado en el castillo de Triana. En agosto de 1552, el tribunal le condenó a abjurar de diez proposiciones heréticas y le impuso un año de cárcel y privación de confesión, predicación y enseñanza durante diez años. En su carta de 1558, Valdés opinaba que la Inquisición sevillana había mostrado con Egidio demasiados escrúpulos, levedad y misericordia. En su opinión, por el grave error de haber permitido que abjurara y se reintegrara a la Iglesia «ha sucedido el daño que ahora se descubre en Sevilla», en donde la mayoría de los procesados por luteranismo «eran apasionados y secuaces» del canónigo, «de quien les quedó el lenguaje de sus herejías y falsa doctrina».
El primero de estos seguidores de Egidio fue su sucesor como canónigo magistral de Sevilla, el doctor Constantino Ponce de la Fuente. Éste se educó en la Universidad de Alcalá, como Egidio, y en 1533 se trasladó a Sevilla. Allí se ganó gran fama como predicador y autor de obras religiosas, como la Suma de la doctrina cristiana. En 1548 fue nombrado capellán del príncipe Felipe, el futuro Felipe II, a quien acompañó en sus viajes por Alemania; se dijo que fue entonces cuando entró en contacto con la doctrina reformista. En todo caso, sus sermones como canónigo de Sevilla pronto despertaron suspicacias entre la opinión más ortodoxa. Un caballero sevillano llamado Pedro Megía, por ejemplo, declaró una vez al salir de un acto religioso en la catedral: «Vive Dios, que no es esta doctrina buena, ni es esto lo que nos enseñaron nuestros padres». Los jesuitas lo desacreditaron y los dominicos lo acabaron denunciando ante la Inquisición por considerar que su discurso evangélico se alejaba totalmente de la ortodoxia romana.
¿Eran realmente luteranos Egidio y Constantino? Es cierto que ambos fueron condenados por mantener ideas propugnadas por Lutero, como que el hombre es justificado por su sola fe en Jesucristo, sin que fueran imprescindibles las obras piadosas. También rechazaban la intercesión de los santos, el culto a las imágenes y las mortificaciones corporales y espirituales. Pero no puede decirse que estas ideas fueran específicamente protestantes, sino que se relacionaban con una tradición de crítica a la Iglesia institucional, a la manera de Erasmo de Rotterdam, así como con la reivindicación de una experiencia religiosa interior más intensa.
En cualquier caso, las prédicas de ambos canónigos tuvieron un gran impacto en la sociedad sevillana, en particular entre una parte de la élite social de la ciudad. Entre sus seguidores se contaron nobles como don Juan Ponce de León, hijo de la condesa de Bailén, muy influido por las prédicas del doctor Constantino; altos funcionarios, como Juan Pérez de Pineda, o damas como Isabel de Baena. El inquisidor Valdés denunciaba también la existencia en Sevilla de conciliábulos formados «entre personas principales en linaje, religión y hacienda». Uno de ellos era el que se reunía en la Casa de los Niños de la Doctrina, una institución que contaba con una cátedra de teología para impartir enseñanza religiosa a niños pobres, y en la que se reunían clandestinamente los reformados para leer y comentar la Biblia.
Egidio y Constantino tuvieron también seguidores entre el clero local. Egidio predicaba con frecuencia a las monjas del convento de Santa Paula, que lo tenían como santo y doctor excelentísimo. Mayor importancia tuvo el convento de San Isidoro del Campo, de la orden de los jerónimos, situado en Santiponce, cerca de Sevilla. En la década de 1550 la mayoría de sus monjes –liderados por García Arias, teólogo y predicador, conocido como el maestro Blanco– trabaron relación con Constantino y adoptaron su visión crítica de la Iglesia católica oficial.
La represión inquisitorial
El escándalo estalló finalmente en el otoño de 1557, cuando fue detenido Julián Hernández, un arriero castellano que actuaba como correo de Pérez de Pineda, el funcionario que se había exiliado hacía pocos años en Alemania. Julianillo, como lo llamaban a causa de su baja estatura, se dedicaba a repartir libros impresos en países protestantes. Sus acusadores escribieron que Julián era «sobremanera astuto y mañoso [...] y salió de Alemania con designio de infernar toda España y corrió gran parte de ella repartiendo muchos libros de perversa doctrina por varias partes [...] y especialmente en Sevilla». Lo sorprendieron en 1557, cuando llegó a Sevilla con dos toneles cargados de libros protestantes, tal vez versiones castellanas del Nuevo Testamento.
Los interrogatorios a los que fue sometido Julianillo desvelaron muchos nombres de la red de afectos a la Reforma. Algunos de estos implicados intentaron huir, como Juan Ponce de León, que participó en la distribución de libros, y que fue detenido. Una decena de monjes de San Isidoro del Campo –entre los que se contaban Casiodoro de Reina, Cipriano de Valera y Antonio del Corro, que pasarían a la historia del protestantismo español– huyeron de la ciudad con todo sigilo y llegaron a Suiza y Alemania antes del verano. La Inquisición se abalanzó sobre el resto; ocho fueron apresados y llevados al castillo de Triana.
En agosto de 1558, Constantino dio con sus huesos en las cárceles inquisitoriales, después de que las autoridades, al registrar la casa de una viuda sospechosa, hallaran ocultos tras un tabique varios manuscritos de su puño y letra en los que tachaba al papa de Anticristo y afirmaba que la misa o el purgatorio eran invenciones ajenas a la doctrina original de Jesucristo. Constantino murió dos años después a causa de la dureza de su encarcelamiento, aunque sus enemigos alegaron que se había suicidado tragándose los pedazos de cristal del vaso en el que le servían vino.
Durante algo más de un año, los inquisidores sevillanos encausaron a centenares de personas, siguiendo el procedimiento habitual de las denuncias secretas, el aislamiento carcelario, los interrogatorios insidiosos, las torturas... Fue así como, el 24 de septiembre de 1559, se celebró en la plaza de San Francisco el primer gran auto de fe contra los protestantes sevillanos.
Se suceden los autos de fe
En el auto de fe se condenó a diversas penas a 80 personas, 21 como luteranos; otros 19 fueron quemados como luteranos, uno de ellos en efigie –un clérigo que logró huir de prisión–. En el cadalso se distinguió una joven llamada María de Bohórquez, a quien los religiosos intentaron convencer de que volviera a la fe católica. Sus conocimien-tos de latín y griego y de las Sagradas Escrituras eran tales que se enfrentó a los frailes y curas que pretendían disputar con ella; y defendía los argumentos de su fe con tal vehemencia y conocimiento, que los frailes acabaron por admirarla.
El 22 de diciembre de 1560 se organizó un segundo auto de fe. De los 54 procesados, 40 estaban acusados de luteranismo y 15 fueron quemados. Hubo también tres quemados en efigie, entre ellos Egidio y Constantino, cuyos restos fueron exhumados y lanzados al fuego. En 1562 se celebraron otros dos autos de fe, el 26 de abril y el 28 de octubre; de los 88 acusados de protestantismo, 18 acabaron en la hoguera, entre ellos cuatro sacerdotes del convento de San Isidoro.
Tras los autos de fe de Sevilla y Valladolid, el protestantismo –esa «mala doctrina» y «ponzoña» que amenazaba el catolicismo hispano, según el inquisidor Valdés– quedó prácticamente extinguido en España. La Inquisición había demostrado su eficacia como defensora de la ortodoxia religiosa de la monarquía. Sus víctimas, en cambio, denunciarían en toda Europa los métodos brutales de ese tribunal religioso que era, según el autor de las Artes de la Inquisición española, una «oficina de crueldad donde se despedaza a míseros hombres inocentes».
VER VÍDEO: https://vimeo.com/42498995
LA CORTE EN VALLADOLID
MATERIALES TRABAJO VALLADOLID EN EL S.XVII
En la época de Carlos I la Corte solía residir en Valladolid. “Villa por villa, Valladolid es Castilla”, se decía y cantaba. Fue Felipe II el que decidió, en 1559, trasladarla a Madrid.
Sin embargo su hijo, Felipe III (1598-1621), instigado por su valido, el duque de Lema, pensó volver a Valladolid. (Los historiadores aseguran que el único motivo que le llevaba al Duque a este cambio de sede era promover sus negocios: su nepotismo (favorecer a sus familiares hasta el impudor) y su inmensa avaricia han pasado a ser memorables).
Los responsables madrileños, enterados de esa posibilidad, trataron de evitarla por todos los medios a su alcance pues se derivarían grandes pérdidas para su prestigio y economía. De la misma forma los munícipes vallisoletanos, entusiasmados por ese proyecto y halagados por verse de nuevo favorecidos por la Corte, se esforzaban porque así fueran las cosas. Tras una estancia de los reyes en Valladolid en junio de 1600, en la que fueron agasajados de manera ostentosa al tiempo que los vallisoletanos ofrecían al duque incluso el cargo de regidor, Felipe III regresó a Madrid pero el 10 de enero de 1601 se anunció oficialmente el traslado de la Corte a Valladolid.
Al día siguiente salieron para su nueva resistencia, llegando a su destino el 9 de febrero, donde les fueron entregados los honores, tributos y donaciones prometidas y el duque de Lerma hizo sus grandes negocios recibiendo donaciones de los vallisoletanos y rentas que el rey le adjudicó, y comprando y vendiendo lo que hoy diríamos bienes inmobiliarios, como, por ejemplo, el palacio de Camarasa que era el mejor de Valladolid.
Grandes y muy afamadas fueron las fiestas, jolgorios y espectáculos que se organizaron desde ese momento pasando el rey la mayor parte de su tiempo ocupado en ellos.
(Conviene recordar que Felipe III, del que el embajador de Venecia dijo que era capaz para los negocios y los entendía, había depositado totalmente la gestión del reino en su valido u hombre de confianza plena: el duque de Lerma, que desde principio ya se encargó de cultivar en el rey su gusto por placeres como la caza, la danza, las corridas de toros y espectáculos con animales, la equitación… y hasta los juegos de cartas, en que pasaba casi todo su tiempo, con tal de que no gobernarse y le cediese todo el poder. Y así fue. Por eso en Valladolid la vida real siguió las mismas prácticas que mientras estuvo en Madrid).
No obstante, a pesar de lo bien que transcurría todo el negocio de unos y otros y las diversiones de los reyes, a principios del año 1606 empezaron a correr rumores de que la Corte podría regresar a Madrid. Efectivamente, una comisión formada por el corregidor y varios regidores madrileños se había entrevistado con el rey proponiéndole la vuelta a una ciudad más amplia y capaz, más céntrica y hasta más sana, al tiempo que le ofrecían “servirle” con 250.000 ducados en diez años y la sexta parte de los alquileres de las casas durante ese mismo período. Es necesario saber que la ciudad de Valladolid, con unos 75.000 habitantes, tenía muchas dificultades urbanísticas para recibir y alojar a todo el aparato que llevaba consigo la Corte, hasta el punto de que hubo de pensarse si llevar algunas dependencias a localidades cercanas. Esta situación además provocaba demasiadas aglomeraciones y muchos inconvenientes para la vida de cada día.
El rey accedió y el 4 de marzo de 1606 salió de Valladolid camino de Madrid.
(Es interesante recordar dos detalles. El primero, que prácticamente hasta la Edad moderna, las Cortes solían ser itinerantes en el sentido de que iban allá a donde marchaba el rey y permanecían con igual criterio.
El segundo aspecto a destacar es que lo que llamamos Corte referido a aquellos tiempos estaba constituido por una muchedumbre de personas que incluían desde los políticos y ayudantes cercanos a los reyes, escribanos y demás responsables de la gestión administrativa, los profesionales de toda clase de servicios (médicos, barberos, carpinteros…) hasta el tropel de personajes que vivían a su costa: artistas, escritores, comediantes… y usureros y maleantes. Todo ese tropel se desplazaba de un sitio para otro al albur de lo que decidían los reyes en función de las conveniencias e intereses del reino y los suyos propios).
Atendiendo a que España nace tal y como la conocemos (como un Estado homogéneo) en el año 1492, la primera capital de nuestra Nación fue Granada, la única ciudad que tuvo el privilegio de ostentar la corte como residencia fija y que no se volvería a repetir hasta que Felipe II nombrara Madrid la capital de su Reino en 1562. Ahora bien, tampoco lo ha sido de corrido hasta el actual 2013, puesto que Valladolid primero y Burgos luego, han tenido esa suerte. También conviene especificar que tanto Toledo como Granada, fueron las capitales del Imperio en tiempos de Carlos I y V de Alemania, de suerte que los granadinos pueden presumir que en su dilatada historia, dos veces fueron capital de España y el Imperio como tres veces antes lo fueron de un reino que está cumpliendo 1000 años en el presente 2013 aunque sin el empuje institucional que en su día nos vendieron; pero es otro discurso.
Plaza Mayor de Valladolid en la actualidad
Ahora nos toca hablar de la efeméride que hoy, 10 de enero, vivimos. Los 412 años que se cumplen del traslado de la corte desde Madrid a Valladolid, y que desde luego fue de todo menos positiva y mucho menos efectiva. Téngase en cuenta que no lo decimos por la enormísima y regia ciudad del Pisuerga, a la que pocas poblaciones españolas le harán sombra en historia, patrimonio y encantos, sino porque ese nombramiento capitalino fue más un capricho del valido de entonces (no hace falta explicar que el cargo de valido equivaldría al actual presidente del gobierno, si acaso con más poder), que se ha encargado la historia de advertirnos cómo los males de España, han solido ser en buena medida, culpa de los desmanes, desaciertos, ambiciones desmedidas y mañas prácticas de los validos de Felipe III, Felipe IV y Carlos IV principalmente, o dicho de otro modo, España es hoy más pobre e incapaz por culpa del Duque de Lerma, el Conde Duque de Olivares y Manuel de Godoy.
Foto de familia de los Habsburgo españoles desde Felipe II a Carlos II
Vámonos 412 años atrás. Felipe III no fue ni de lejos un mal rey, pero tuvo la desgracia de situarse en medio del exitoso gobierno de su padre Felipe II y quedar eclipsado por el segundo renacimiento cultural de España (con Velázquez como capitán) que su hijo Felipe IV nos dejó. Además, mientras Carlos I gobernó durante 40 años, Felipe II durante 42, Felipe IV durante 45 y Carlos II durante 35 (si quieren, a ellos sumo a Felipe V, primer Borbón, con un reinado de casi 45 años), Felipe III que es el monarca con el que Valladolid se convierte en capital del Reino, tiene el reinado más corto junto al de Fernando VI o Alfonso XII, en su caso de menos de 23 años que parecerían pocos si los comparamos con el de su hijo, hasta el momento el más longevo en el trono.
Felipe III por Frans Pourbus el Joven (hacia 1600)
Todas estas cifras sirven también para exponer por qué el tercero de nuestros “Felipe” es titulado como un “Austria menor”. Cierto es que España no se mete en empréstitos bélicos de altura y que no nacen edificios imponentes como El Escorial, acaso el Palacio Real o los Reales Sitios de Retiro y Recreo que los Austrias del Barroco y los Borbones legarán al patrimonio histórico, pero no es menos cierto que le tocó dirigir un Imperio descomunal sin el ánimo ni la fortaleza de su abuelo ni de su padre, ni la predisposición de su hijo. O dicho de otra manera, fue un rey aséptico que ni siquiera contó con retratos institucionalizados que nos lo recuerden con la vehemencia que sí lo han hecho otros cuadros de otros reyes.
El Duque de Lerma por Pedro Pablo Rubens (1603)
El mal de España durante el reinado de Felipe III era un amigo disfrazado de codicia y ambición y tiene nombres y apellidos: Francisco de Rojas y Sandoval, I Duque de Lerma (1553-1625), valido del Rey y dueño absoluto de la voluntad del monarca, que sólo veía por sus ojos y nada más que a él hacía caso. Pero el de Lerma tenía sus reticencias a veces sobre la aplastante influencia que ejercía sobre Felipe III y veía enemigos por doquier, así que en diciembre de 1600 fue capaz de urdir la más baja de las tretas que consistió en trasladar la Corte a Valladolid, para aislar al monarca de cualquier influencia, pero especialmente de la que el pérfido valido entendió más importante: la Emperatriz María, tía del rey, hermana del difunto Felipe II y viuda del Emperador del Sacro Imperio Maximiliano II. Cuando enviudó, María dejó la corte imperial y se refugió en los muros conventuales de las Descalzas de Madrid, a donde acudía con frecuencia Felipe III para pedirle consejo, no en balde, había sido regente de los tronos de Bohemia, de Hungría y las cancillerías imperiales.
Doña María de Austria por Juan Pantoja de la Cruz (hacia 1600)
A Francisco de Rojas que doña María de Austria pudiera decirle abiertamente al rey lo que pensaba y que le repitiera insaciablemente que la grandeza de Carlos I y de Felipe II se había construido sin la influencia de un primer ministro cada vez con más poder, le aterraba. Doña María no regateaba en consejos y éstos ponían en riesgo la importante operación que el valido estaba llevando a cabo: enriquecerse más y más descuidando la verdadera función para la que estaba llamado. Si la corte se marchaba de ese Madrid y de ese Monasterio donde la tía abuela del rey decía verdades insondables, todo sería mejor para él. Así que ni lo mucho que suplicaron los madrileños para no perder el negocio que siempre ha sido ser capital de algo (administrativa, laboral y económicamente hablando), ni por supuesto los cientos, los miles de escudos de oro que los regidores de la ciudad le dieron al de Lerma para que no dejara a Madrid sin su condición de Corte (escudos que cogió pero sin que ello significara otra cosa más que enriquecerse por partida doble), sirvieron de nada.
Los vallisoletanos veían entrar tal día como hoy de hace 412 años, la solemne, descomunal e imponente comitiva que desde Madrid, se acercaba a la ciudad que un día fue cabeza de Castilla y que esperaba recuperar el porte y la dignidad inigualable con la que había estado dotada en su momento. La “cabalgata regia” se acercaba y Valladolid celebró fiestas de una brillantez inesperada. No fue sólo una recepción, sino que se emplearon a fondo para que el Rey y la corte se sintieran tan envidiablemente bien, que no depararon en gastos a la hora de ofrecer los mejores divertimentos: una corte, una capitalidad, necesita mano de obra; invierte en infraestructuras, genera prosperidad... Lo fue en su momento y lo sigue siendo hoy, y eso era algo que los vallisoletanos tenían muy presente, de manera que si había que sembrar para recoger en el futuro, así se haría. Y a las corridas de todos, justas, soberbios banquetes, cacerías, bailes de todo tipo, se sumaron las fiestas mayores cuando nació la Princesa Ana, o cuando cumplió años el Rey, sin desmerecer la celebración que dieron al embajador inglés, el conde de Nottingham que venía con un séquito de 500 personas, tantas como formaron parte del banquete generoso a cargo de Valladolid. Cualquier motivo significó una fiesta que no tenía fin, celebrándose una tras otra sólo interrumpidas por las extraordinarias cacerías. Luís de Góngora escribiría un soneto que recoge la inversión fantástica que la ciudad castellana estaba gastando por contentar a cortesanos y a la Familia Real y ostentar desde ya y para siempre, la capitalidad española.
Luís de Góngora por Diego Velázquez (1622)
Parió la Reina; el luterano vino
con seiscientos herejes y herejías;
gastamos un millón en quince días
en darles joyas, hospedaje y vino.
Hicimos un alarde o desatino,
y unas fiestas que fueron tropelías,
al ánglico Legado y sus espías
del que juró la paz sobre Calvino.
Bautizamos al niño Dominico,
que nació para serlo en las Españas;
hicimos un sarao de encantamiento;
Quedamos pobres, fue Lutero rico;
mandáronse escribir estas hazañas
a don Quijote, a Sancho, y su jumento.
Valladolid no se daba cuenta que estaba empobreciéndose a pasos agigantados, mientras el de Lerma hacía negocios que le resultaban extraordinariamente beneficiosos como la casa que había previsto para alojar a Felipe III y que tuvo la desfachatez de venderle en 55 millones de maravedíes, una fortuna impensable en 1601 y más teniendo en cuenta que los vallisoletanos habían costeado la casi totalidad de la suma de su adquisición como regalo de la ciudad al Rey. Si a esto sumamos que se autonombró alcalde perpetuo de Valladolid, con una renta anual que multiplicaba por diez el sueldo que venía cobrando el regidor vallisoletano, o que dispuso de la Iglesia de un Convento para mausoleo propio y que no faltó jamás a su cita con el dinero, con el que se dejaba seducir creyendo los vallisoletanos que compraban la capitalidad de por vida, el Duque de Lerma fue uno de los más ruines y abyectos personajes que ha parido España.
A Doña María de Austria, Emperatriz Viuda, como cabeza de la oposición aristócrata y cultural a los desatinos del Duque de Lerma y empujada por los madrileños, se le ocurrió una trama definitiva para que a la ciudad del oso y del madroño regresara su sobrino nieto con toda la corte: la organización de una gran fiesta el 22 de abril de 1602 con el propósito de convencer a su sobrino de que mantuviera la capitalidad de Madrid y olvidara el proyecto de hacer de Valladolid la nueva capital del reino. Fueron tres días de grandes festejos en los que colaboraron los frailes dominicos del convento de Nuestra Señora de Atocha y el Concejo de la Villa, pero el empeño fue vano porque el de Lerma se estaba enriqueciendo con largueza y además de ello, no quería rivales que le pudieran hacer sombra, en kilómetros a la redonda, y Madrid estaba plagado de ellos. Pero la suerte le iba a sonreír ya que en 1603, la amenaza que representaba Doña María, expiraba como ella misma. La muerte de la tía abuela de Felipe III le dejaba expedito el camino a Francisco de Rojas... Hizo llamar a su hombre de confianza (otro traidor, prevaricador, ladrón y enemigo de España), su fiel lacayo contagiado de la avaricia del privado, Pedro Franqueza. Y en cuanto supo de la muerte de la viuda emperatriz, le ordenó que fuera haciendo las gestiones oportunas para regresar a Madrid.
La decisión fue muy bien recibida en Madrid, y supuso otra oportunidad de enriquecimiento. La demoníaca gestión de Pedro Franqueza consistía en venderles la idea a los ediles de Madrid de que la corte podría regresar si ellos eran generosos con las cuentas privadas del Duque de Lerma y con la suya, claro. De forma que a la cantidad de escudos que se invirtieron en celebrar el regreso de Felipe III, habría que sumar la nada desdeñable cantidad que ya se habían embolsado dos individuos como estos, poniendo fin a una capitalidad que dejó a Valladolid en la ruina, endeudando a sus ciudadanos por varias décadas que tuvieron que pagar los préstamos solicitados para hacer frente a los pingües y costosos divertimentos con los que procuraron comprar la voluntad de Lerma y de la corte y que supuso una de los capítulos más humillantes de la Historia de España, en el que un particular se enriquece vilmente gracias a su posición, jugando con el pueblo.
Situado al final de la calle de Cadenas de San Gregorio, junto a la iglesia de San Benito el Viejo, se sitúa el Palacio apodado popularmente “Casa del Sol”, aunque su nombre más genérico es el de Palacio del Conde de Gondomar. Su inquilino más ilustre, el Conde de Gondomar, fue uno de los nobles más importantes tanto del Valladolid como de la España de finales del siglo XVI y primeros años del XVII.
Aunque llamado "del Conde de Gondomar, el Palacio no fue fundado por éste, sino que su origen se remonta a la familia Leguizamo, linaje procedente del valle vizcaíno de Orozco. El licenciado D. Sancho Díaz de Leguizamo, alcalde de corte y del consejo de S.M. y Dª Mencía de Esquivel, adquirieron en Valladolid un terreno, junto a la iglesia parroquial de San Benito el viejo, de cuya capilla mayor compraron el patronato, para edificar sus viviendas.
A estas casas se refiere una curiosa noticia que recibe el poeta Cristóbal de Castillejo, estando en Alemania, cuando le informan de que su amigo el vitoriano Martín de Salinas se hallaba construyendo un palacio en Valladolid, junto a la puerta de Santa Clara. Sin embargo Salinas le escribe una carta, fechada en Toledo el 24 de mayo de 1539, sacándole del error: “El que allí labra tiene otra mejor bolsa que yo porque es un arrendador que hace una casa que en Valladolid no tendrá par”.
La construcción iba ya muy avanzada por los años 1539 y 1540 ya que ambas fecha aparecen esculpidas en dos cartelas colocadas junto a las columnas de la portada del edificio. Incluso se habría cubierto el tejado de la casa ya que en 1541 la vecina comunidad dominica del Colegio de San Gregorio puso pleito, y lo ganó, a D. Sancho en razón a que desde la azotea de su casa, en la que había abierto doce ventanas, se podía “registrar la huerta y parte de las celdas de este Colegio”.
Los sucesores vivieron poco allí, llegando incluso a tener un proyecto uno de ellos para instalar allí el monasterio de monjas Bernardas de Perales, momento en el que el arquitecto Diego de Praves dibujó un plano del mismo.
En 1598 los Leguizamo, en concreto Dª Isabel, venden el palacio, por 9.400 ducados, a D. Hernando de Rivadeneira, cantidad que incluían los censos con que estaban grabadas. La posesión de la casa en manos de Rivadeneira duró muy poco, ya que en diciembre de 1599 la adquirió D. Diego Sarmiento de Acuña, señor de Vincios y Gondomar, por 8.400 ducados y la obligación de redimir los censos que tenía.
Diego Sarmiento de Acuña era corregidor y regidor perpetuo de Valladolid, embajador extraordinario en Alemania, Flandes, Inglaterra y Francia, mayordomo del Rey, de los Consejos de Hacienda, Guerra y Estado, gobernador y capitán general de Galicia, caballero de Calatrava y comendador de Almagro, Guadalorce y Monroy. Además de todo esto, fue nombrado Conde de Gondomar en 1617, título creado expresamente para él, fecha en que introdujo en el palacio importantes modificaciones y dándole el aspecto exterior que conserva en la actualidad.
En 1612 bajo la supervisión del arquitecto Francisco de Praves continuaban las obras a cargo de los maestros Marcos Escudero y Jerónimo Ruiz. En ese momento se levantó, en uno de los lados del patio, un corredor alto que sería soportado por cuatro columnas de piedra, de 13 pies de alto (= 3,64 m.), además de otras obras que afectaban a la escalera y tejados.
Antolinez de Burgos, que conoció esta reedificación, señala que “su fábrica es maravillosa, así de ciudad como de campo, a todas luces excelente; su frontispicio es muy lúcido y lo hace más vistoso el ser tan desahogado por ser en calle muy larga y espaciosa donde se dilata gran término la vista; la parte opuesta de esta casa es de gran recreación porque alcanza a verse desde ella gran variedad de amenas y fértiles campiñas”. Sobre la puerta de la casa existía un rótulo esculpido en una tarjeta de piedra con la inscripción “Por la Ley y por el Rey”.
D. Diego Sarmiento reunió en la Casa del Sol una selecta biblioteca, una de las mejores de entonces, compuesta por 14.000 o 15.000 libros, “de todas facultades y lenguas, recogidos por los más esmerados y eruditos de aquella edad en España, Flandes, Francia, Alemania e Inglaterra… en que gastó muchos reales, unos de materia de Estado y otros de observaciones para todo género de contingencias de paz y guerra y muchos papeles escogidos de grande discreción y doctrina, y todos están colocados en cuatro piezas dilatadas con diez hileras de estantes cada una, sin que se descubra blanco en las paredes con ser muy altas, la una se compone de libros manuscritos, de rara curiosidad de doctrinas y experiencias políticas, y las otras tres de todo género de libros, todo señal de un gran susto, talento y universal inteligencia, joya de gran valor por ser de las más nuevas impresiones y de mucha curiosidad…”.
El 31 de octubre de 1619 el ingeniero D. Jorge Gage a su paso por la ciudad, camino de Holanda, escribe al conde de Gondomar diciéndole que “ha visto la casa de V.S. y me agradó en extremo por el sitio y comodidad y también por lo que hay labrado en ella que no es poco: me holgaré de servir a V.S. de arquitecto para labrara un cuarto a la mano diestra en entrando, y hermosear el frontispicio que con poca costa con correspondencia de ventanas se pudiera hacer. La librería es como de príncipe y pocos debe haber que tengan tan buena”, pareciendo indicar sus comentarios que, en esa fecha, la fachada de la casa no estaba totalmente construida, faltando por labrar la mitad derecha que él sugería se hiciese simétrica a la ya existente.
La Casa permanecería así a lo largo de los siglos, pasando su propiedad a diferentes personas, hasta que en 1913, en el edificio se instaló la comunidad de madres Oblatas del Santísimo Redentor, después de haber residido en la casa del Marqués de Superunda (antigua casa del Marqués de Camarasa), frente a la iglesia de San Pedro.
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